Archivo por meses: febrero 2018

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El hombre que se creía Vicente Rojo (Sònia Hernández)

Si el objetivo de esta novela de Sònia Hernández (Tarrasa, 1976) era darnos a conocer la figura del pintor Vicente Rojo (sobrino de Vicente Rojo Lluch), creo que lo ha conseguido. Aunque para ello creo que no es necesario escribir una novela, pues bastaría con un simple artículo, como el que ya ha escrito Sonia Hernández sobre Vicente Rojo:
La respuesta infinita de Vicente Rojo
La novela más allá de ser una suerte de mínima biografía de Vicente Rojo, integra a este como personaje de la misma. Si bien, el propio título de la novela, ya nos da a entender que el Vicente Rojo no es el real, sino un impostor, lo que nos permitiría reflexionar acerca de esas apropiaciones e imposturas, como planteaba Cercas en El impostor. Recuerdo que en Últimas noticias de la escritura de Chejfec, comentaba que de joven escribía páginas enteras de los libros de Kafka, con la idea de que de esa manera algo del genio checo se le transfiriese a su forma de escribir. No sé si el mismo autor era el que decía que dormía con los libros de aquellos clásicos que adoraba debajo de su almohada, como si pudiera producirse de esta manera una especie de ósmosis. Lo que la autora plantea es la posibilidad que tiene el arte de elevarnos, de mejorarnos, de enriquecer nuestra mirada.
Así el falso pintor en lugar de quitarse del medio y suicidarse opta en un determinado momento de su vida por salir del atolladero siendo Vicente Rojo. La narradora, una mujer de 43 años, con 20 kg de sobrepeso, desorientada, y entristecida, con una hija adolescente con la que no tiene muy buena relación, y empeñada esta en apreciar únicamente lo feo de todo cuánto la rodea, vislumbra en la figura de este falso Vicente Rojo (que va a dar unas charlas de arte en el instituto al que acude la hija como alumna y que le regalará a ésta un cuadro suyo), la posibilidad de recuperar la ilusión perdida hacia su oficio, el periodismo, ante la idea factible de poder pergeñar una entrevista con tan afamado pintor o en su defecto escribir un ensayo sobre el mismo. Esto podríamos verlo como el recipiente de la novela, el tema es con qué se sustancia y se rellena todo esto y ahí la novela creo que hace agua por todas partes, y el lector boquea entre naderías.

136 páginas son excesivas para tan poca chicha. Los personajes no tienen raíz alguna y los devaneos que se trae la narradora, tendrían sentido en el caso de que esta novela fuese una parodia, que no me lo parece. La obsesión de la narradora por su gordura, está a la altura, de su pensamiento mórbido e insulso.

Sònia Hernández en Devaneos | Los Pissombini

Lo que no está y no se usa nos fulminará

Lo que está y no se usa nos fulminará (Patricio Pron)

Me han debido dar el cambiazo al sacar este libro en la biblioteca -miraré las cámaras de grabación para confirmar este extremo- porque los adjetivos que le dedican en la contraportada del libro a la prosa que gasta en estos relatos Pron, a saber, sobriedad, ironía, originalidad y elegancia, en esta ocasión y en estos relatos no los comparto. Puede ser también que alguien -otro lector malintencionado- haya tomado posesión de mi cuerpo y me haya hecho poner el acento en relatos en los que sufro su prosa anodina, funcionarial, cansina (como en el relato Umeak kontatu zuena). Más que original hubiera preferido algo más radical, pues hacer un relato con formato de notas a pie de páginas (con una letra demasiado minúscula), o manejar los paréntesis, como el que maneja un emoticón, no acabo de verlo, o La repetición, el relato más largo, 40 páginas, creo que estira demasiado un idea mínima, o en Este es el futuro que tanto temías en el pasado, donde Pron se convierte en personaje del relato (autoficción de la que también tiraba Mairal en La uruguaya, con críticas de por medio) que echa mano de otros para suplantarlo, jugando con la idea del doble (algo que me recuerda a lo que leía en Homo Lubitz, donde un director de cine hacía lo propio), mientras va por ahí de gira literaria (que me recuerda también al Pose de Olmos). Sí he apreciado la vivacidad de Un divorcio de 1974 y los devaneos metaliterarios de Salon des refusés, relato que se hace en directo, en el que iremos viendo cómo se toman esas decisiones que se supone es narrar, Piglia dixit. En esta ocasión -y no acabo de entenderlo, pues las dos novelas que había leído de Pron las había disfrutado mucho, lo que me ha fulminado ha sido el aburrimiento. Me ha ganado el tedio por K.O así que fuerzas no albergo para proferir nada más.

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La uruguaya (Pedro Mairal)

I

Sabes, yo tenía una familia, un trabajo, algo
siempre estaba
en el medio
pero ahora
vendí mi casa, encontré este
lugar, un estudio amplio,
deberías ver el espacio y la luz.

Por primera vez en mi vida voy a tener el lugar
y el tiempo para
crear

No, hijo, si vas a crear
vas a crear trabajando
16 horas por día en una mina de carbón
o
vas a crear en una piecita con tres chicos
mientras estás
desocupado,
vas a crear aunque te falte parte de tu mente y de
tu cuerpo, vas a crear ciego, mutilado, loco,
vas a crear con un gato trepando por tu
espalda mientras
la ciudad entera tiembla en terremotos,
bombardeos, inundaciones y fuego.

Hijo, aire, luz, tiempo y espacio
no tienen nada que ver con esto
y no crean nada
excepto quizás una vida más larga para encontrar
nuevas excusas
.

Este poema de Bukowski le podíamos recitar al protagonista de la novela de Mairal, un novelista que busca excusas (paternofiliales) para no acometer su tarea.

II

Soy yo. O mas bien ¿qué soy yo?, podemos preguntarnos atendiendo a la frase que cierra la novela, pues toda la narración está plagada de sombras, puntos ciegos, desvelos y desvelamientos; narración como confesión, la que lleva a cabo Lucas, un hombre casado con un niño pequeño que tiene una aventura con una joven uruguaya, Guerra. Narración delirante, divertida e hilarante, donde la infidelidad va camino de consumarse, encontrando esta todo tipo de trabas e impedimentos. Un deseo, el de él siempre a flor de piel, aunque sabemos que una relación a lo lejos es una relación de pendejos y no casan los deseos de cada cual, pues para él este affaire es una experiencia excitante con una joven a la que dobla la edad, y para ella aquello es un entretenimiento estéril en un momento en el que lo que necesita es que la dejen tranquila, no que la ronden.

III

Conviene llegar a las novelas, a esta también, desprejuiciado, sin dejarse aturdir por el ruido de los premios, galardones o posicionamientos en las listas de lo mejor de… de los que esta novela de Pedro Mairal (Buenos Aires, 1970) ha sido acreedor. Es así que he disfrutado de una novela que me ha parecido inteligente, ácida, paródica, trufada de muy buenos momentos librescos como las referencias librescas a poemas y novelas de Borges, Onetti, Fogwill, etc, con elementos humorísticos muy bien resueltos entre bromas y veras, cuyo ritmo trepidante nos conduce en volandas hasta un final donde parece que el protagonista recibirá su merecido, pues al final parece haber algo parecido a una justicia peripatética, poniendo a cada cual en su lugar.

Pedro Mairal en Devaneos | El año del desierto

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En el café de la juventud perdida (Patrick Modiano)

Van cinco con esta las novelas que leído de Patrick Modiano (Boulogne-Billancourt), el cual a medida que lo leo me va demostrando que tiene un estilo propio, muy reconocible y para mí, deleitable.
Se dice a menudo que algunos escritores siempre escriben la misma historia una y otra vez, hablaríamos de un eterno retorno, como el experimentado por Roland, el protagonista de la novela, el cual como Walter Benjamin hacía con los pasajes de Paris, éste hace lo propio con el registro de esas zonas neutras parisinas en las que se asienta, tratando así de conjurar los fantasmas del pasado, las heridas y llagas de su juventud, los rostros que no quiere volver a ver, las infaustas experiencias que quiere desterrar, ese pasado que nunca acaba de pasar y sí de posar, pues como una piedra en el corazón cuesta mucho despojarlo de uno mismo, y por mucho que cambie de domicilio, de barrio, París es como un tablero de ajedrez donde los peones como él tienen movilidad reducida y la realidad les viene cercada o enmarcada por unos límites que parecen imposibles de superar, salvo quizás a través de la muerte, que sería la liberación definitiva, que le permitiría a Roland y la joven que conoció en un café en su juventud, una tal Louki, cortar con la maroma umbilical que la liga a una realidad de la cual siempre estar huyendo, donde su estado ideal, el de Louki es la huida, el tránsito, el deambulamiemto, y aquí el despeñamiento. Y como en sus otras novelas encuentro aquí una prosa notarial que levanta acta de un mundo extinto, un registro topográfico de un París que se metamorfosea, un intento siempre vano de dejar constancia de nuestro paso por la tierra, a fin de dejar de ser simples so(m)bras del pasado.

Anagrama. 2008. 132 páginas. Traducción de María Teresa Gallego Urrutia

Patrick Modiano en Devaneos | Un circo pasa, El callejón de las tiendas oscuras, La hierba de las noches, Accidente nocturno