Archivo por meses: enero 2018

Henry David Thoreau y los Clásicos

Cuando leí la estupenda biografía de Robert Richardson sobre Thoreau descubrí que éste fue un lector voraz y curioso que dedicaba palabras a los clásicos (a los que tenía en gran consideración) como las que siguen:

No conozco estudios más formativos que los clásicos. Cuando nos sentamos con ellos, la vida parece tranquila y serena, como si quedase muy lejos, y dudo mucho que exista un lugar desde el que se vea tan real, tan poco exagerada, como a la luz de la literatura. En las horas serenas contemplamos el recorrido de los autores griegos y latinos con mayor placer que el viajero que observa los paisajes más bellos de Grecia o Italia. ¿Dónde podríamos encontrar una sociedad más refinada? Ese camino que lleva desde Homero y Hesíodo hasta Horacio o Juvenal es más inspirador que la Vía Apia. Leer a los clásicos, o conversar con esos griegos y latinos del mundo antiguo a través de sus obras, es como caminar entre las estrellas y las constelaciones, un sendero elevado y tranquilo para viajar. De hecho, el verdadero erudito tendrá mucho de astrónomo en sus hábitos. No permitirá que las preocupaciones y distracciones obstruyan su campo de visión, pues las regiones más altas de la literatura, al igual que la astronomía, están por encima de la tormenta y la oscuridad.

Thoreau. Biografía de un pensador salvaje (Robert Richardson) Errata Naturae. Traducción de Esther Cruz Santaella

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Desenterrando el silencio. Antoni Benaiges, el maestro que prometió el mar.

Este libro recupera la figura del maestro Antoni Benaiges, asesinado al poco de comenzar la guerra civil española, en julio de 1936, en las cercanías de Bañuelos de Bureba, pueblo donde impartía clases. Benaiges tras aprobar la oposición y dar clases en Cataluña se traslada a este pequeño pueblo burgalés, donde pondrá en práctica su particular pedagogía Freinet, basada en la libertad, el respeto a los niños y el cultivo del ocio. Algo que hace siete décadas -en un pueblo pequeño, donde casi todos los padres de los alumnos eran analfabetos y donde mandar a sus hijos a la escuela era un lujo, dado que trataban de ocuparlos en el campo o en otras labores más productivas- resultaba bastante chocante. Una actitud no vista con buenos ojos por los progenitores.
Benaiges trae al pueblo una imprenta. Y gracias a ella, los niños ven así publicadas sus creaciones escolares, en publicaciones como Gestos (para los niños grandes) y Recreo (para los niños pequeños). Creaciones infantiles interesantes como esta que dice: Querría ser maestro para tratar a los niños mejor de lo que me han tratado a mí.
Benaiges al contrario de lo que venía siendo habitual entre otros docentes no apostaba por la violencia física, sino por todo lo contrario, respetando al máximo el desarrollo de la personalidad de los niños, proporcionándoles más palabras que ideas, pues creía que estos debían pensar por sí mismos, hacer uso de la libertad que Benaiges defendía y quería ofrecerles.
Benaiges al comprobar que ninguno de sus alumnos ha visto el mar, les promete que en verano los llevará a casa de sus padres, se alojarán allá, y verán el mar. No pudo ser. A Benaiges, tras el alzamiento nacional, según refiere un testigo, el 19 de julio lo detienen, lo torturan, le arrancan todos los dientes, lo pasean medio desnudo en un coche descapotado por Briviesca -para humillarlo públicamente y para que sirviese de escarmiento- luego lo llevaron a La Pedraja, lo fusilaron, lo echaron en un hoyo y lo cubrieron con tierra.
En 2010 se llevó a cabo la exhumación de los cuerpos en la fosa común de La Pedraja. Se extrajeron 104 cuerpos.
Alguno despachará el asunto diciendo que en una guerra estas cosas pasan. Los 104 cadáveres encontrados, hasta donde yo sé, no eran militares, no eran ni republicanos ni nacionales, eran civiles: agricultores, ganaderos, jornaleros, amas de casa y un maestro. Murieron asesinados y tirados en un hoyo por no ser afines al Movimiento. Como quería el General Mola, los enemigos fueron muy bien aniquilados.

El texto de Francesc Escribano se acompaña con el libro El Mar (que recoge las impresiones de los alumnos sobre esta masa líquida) y unas poderosas fotografías de Sergi Bernal.

Sirva este libro para descubrir a Antoni Benaiges, el cual, a pesar de no tener luz, ni agua, y llevar una vida muy precaria en Bañuelos de Bureba, decide quedarse, cuando podía haber concursado y dar clase en otra parte y seguramente haber salvado así su vida. Benaiges era un joven docente que creía en lo que hacía. Su profesión era su pasión, la educación como vocación, como explicaba Steiner en Lecciones de los maestros. Y sirva también para que los hijos, nietos y familiares de aquellos que fueron aniquilados entonces, obtengan el conocimiento de los hechos, la memoria y la justicia que anhelan.

El libro se cierra con una fotografía a dos páginas en blanco y negro y tres ancianos andando por la arena, con el mar al fondo.

El mar iba a ser y sí
al final fue, aunque
Benaiges no pudo verlo.

Salinger

Salinger

Me veo leyendo Salinger, autor del que leí hace muchos años su archiconocida y vendida El guardián entre el centeno cuya lectura me pasó sin pena ni gloria. El caso es que hay ciertos autores que tienen una leyenda, y Salinger es de esos. A instancia de una recomendación que me hizo un amigo emprendí la biografía perpetrada por David Shields y Shane Salerno y alrededor de las cien páginas quiero comentar dos cosas.

Primera. El comienzo es brutal, con Salinger en el ejército americano el Día D, en la playa de Utah. Páginas que me llevan a Salvar al soldado Ryan y a la serie Band of Brothers. Los distintos comentarios de los que vivieron ese día y los sucesivos permiten hacerse una idea muy clara de lo dantesco de la situación y la mella en la vida de una persona que hace la guerra, cualquier guerra.

Segunda. Salinger desde muy joven quería escribir, ser crítico literario, ser el autor de la Gran Novela Americana y enseguida verá publicados sus primeros relatos. Para Salinger era clave vivir a pecho descubierto cuantas más experiencias mejor, que luego sustanciarían sus relatos y novelas, como se ve por ejemplo en sus experiencias vitales que irá incorporando en El guardián en entre el centeno, o su experiencia bélica que plasmará por ejemplo en el relato inédito The Magic Foxhole. Sin embargo estas experiencias no siempre son necesarias, pues como demuestra Jaime Fernández en su ensayo Funcionarios de día, poetas de noche, autores como Pessoa, Kafka, Rulfo, Kavafis o Wallace llevaban trabajos aburridos y burocratizados lo cual no les impedía desdoblarse a lo Rimbaud, ser otros y entregarse a la escritura con nocturnidad. Además, al contrario que este Salinger veinteañero, estos llevaban su labor creadora en el anonimato, afanados en pasar desapercibidos, en no desvelar su faceta oculta creadora.

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El mago (César Aira)

Si el Mago de la novela fuese un personaje de la Marvel éste sería un superhéroe afanado en hacer un mundo mejor, contrapesado en sus quehaceres por otro superhéroe maligno de parejos poderes. No es el caso.

Si el Mago de la novela fuese algo parecido a un Dios, pues su magia es milagrera, no un artificio, sino un don natural muy poco explotado por él, no rondaría por Moñito de Seda sino que acudiría a un Got Talent en el Monte Olimpo y a las primeras de cambio le invitarían a cruzar la pasarela que lo conduciría de nuevo a su casa, porque daría muy poco juego y todo su potencial -por su forma de ser y de (no) actuar- se quedaría en agua de borrajas.

Nuestro Mago, el mejor Mago del mundo, que no es Mago, sino un ente mágico capaz de todo, no hace nada, pues como aquellos que afirman que si se va al pasado es mejor no tocar nada, porque todo cambiaría, el Mago se devana los sesos sin éxito buscándole alguna utilidad práctica y crematística a su don. Se amolda a ser un mago del montón para no destacar, copia lo que otros hacen, sin emplear los artificios de esos, pero lleva ya dos décadas ahí en la brecha y quiere dar el salto.

Lo invitan entonces a una convención de magos en Panamá y pasa lo esperado. El Mago se ahoga en un vaso de agua, todo se le hace cuesta arriba, reina el absurdo, su mente infinita no lo socorre en detalles mínimos que lo ayudarían. No sabemos cómo opera su mente, su conciencia, y ahí está lo jugoso de la novela, pariendo Aira unas situaciones que mezclan lo absurdo con lo patético y lo fantástico, metiendo de matute alguna puya contra los políticos saqueadores, magos también en lo suyo, capaces de hacer magia con el dinero ajeno, desapareciéndolo ante los ojos de la ciudadanía.

En las postrimerías del relato hay una observación muy interesante que tiene que ver con la literatura, con lo que es un libro malo o bueno, el hecho de que la gente no escriba por superstición, porque cree que hay que hacerlo bien. Ese creo que es el gran truco de magia de César Aira (Coronel Pringles, 1949) en esta novela: el querer hacernos ver que escribir es fácil, que lo puede hacer cualquiera, que se trata de poner una palabra detrás de la otra, de ir sumando frases, que no tiene ningún misterio. Lo tiene, pero si alguien tiene el inmenso talento de Aira, la literatura entonces (como acontece aquí) es magia y goce, y si ésta no transforma el mundo, al menos enriquecerá y sustanciará nuestra realidad, que ya es mucho.

Literatura Mondadori. 2002. 143 páginas.

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Testimonio en Chicago (Allen Ginsberg)

El libro recoge el testimonio de Allen Ginsberg (1926-1997) ante el juez, enclavado en las manifestaciones que se llevaron a cabo en la ciudad de Chicago en 1968, cuando se organiza el Festival de la Vida, en contraposición a la convención Demócrata que se va a llevar a cabo. Aquello degenera, se suceden las algaradas, la policía reparte zumo de porra y unos cuantos, ocho, van a parar ante el juez. “Los ocho de Chicago“, que luego serán siete, pues uno de ellos irá directamente a la cárcel, acusado de desacato durante el juicio.

En las réplicas de Ginsberg éste explicará su ideario, practicará los ejercicios de yoga y mantras (exacerbando los ánimos de la acusación) con los que comulga, al tiempo que recitará poemas de William Blake y los suyos propios como Aullido, pues el fiscal quiere encontrar en ellos algo pernicioso, subversivo, en la creencia de que lo que se dice en sus poemas, se puede llevar a la práctica y que la voz de los poemas es la misma voz de Ginsberg. Ginsberg sale bien parado porque aguanta con templanza las afrentas de todo tipo que recibe y se explica con mesura, explicando su mensaje de paz, amor, yoga, espiritualidad y poesía.

Es necesario leer el prólogo de Fernanda Pivano para entender el contexto. Martin Luther King había sido asesinado en abril del 68, Kennedy en el 63, la gente se tiraba a las calles a protestar por la política americana en la guerra del Vietnam, los movimientos de izquierdas ocupaban las calles plantando cara al gobierno que acaba de aprobar ad hoc leyes como la Anti-Riot Act, también conocida como “Rap Brown Law” la cual consideraba que una revuelta era toda reunión de tres o más personas en la que una de ellas amenaza o daña al resto. Lo más llamativo del caso es la figura del juez que llevó el caso, un tal Hoffman, tipo curioso el cual anteriormente había dado luz verde a la publicación de El almuerzo desnudo de William Seward Burroughs , pero que aquí, se salta la ley a la torera, hace de su capa un sayo, se ríe de los acusados, los insulta, se mofa de ellos, cuestiona su sexualidad, les empluma un aluvión de actos de desacato que supone que los acusados sean declarados inocentes por el jurado popular pero acaben en la cárcel, algunos casi tres años, por los continuos desacatos ante el juez, desacatos que son actos triviales, menudencias, pero que para Hoffman endiosado y cegado aprovecha su papel para vengarse y ensañarse con los acusados, demostrando que la justicia, además de ciega, es vil, parcial, aberrante y rencorosa.

Como se afirma en el juicio lo que estaba encima de la mesa es el derecho a expresarse libremente. Algo que sigue candente, con leyes mordaza y similares. En esa tensión, que se piensa irresoluble, entre libertad y seguridad, en donde la idea que se nos vende es que ambas son inversamente proporcionales.

Gallo Nero. 2012. 120 páginas. Traductora Julia Osuna. Prólogo de Fernanda Pivano.