Archivo por días: 20/10/2017

La lengua de los dioses. Nueve razones para amar el griego

La lengua de los dioses. Nueve razones para amar el griego (Andrea Marcolongo)

Este libro de Andrea Marcolongo (donde la autora se explaya y soporiza bastante haciéndonos entender los problemas que ha tenido desde su nacimiento a consecuencia de tener un nombre que en Italia es propio de los varones) ya muestra sus intenciones desde el título, o subtítulo: nueve razones para amar el griego. Las nueve razones no están por ninguna parte. Hablar de la traducción del griego, de las declinaciones, en todo caso son características de la lengua griega, pero no creo que sean razones para amar la lengua. Respecto a la traducción, comparto lo que leía el otro día de Gual, cuando decía que al citar un texto griego junto al nombre del autor debería figurar siempre el nombre del traductor. No sé si en el texto original que es en italiano la autora ha reparado en este detalle. En la traducción al castellano, que es la que leído, en ningún momento se cita a ningún traductor, por mucho que la autora hable de lo importante que es esta labor y a pesar de que haya unos cuantos textos griegos, con los que la autora trabaja para exponer sus ideas. En su defensa del griego que Andrea ha estudiado de joven y por obligación, preparando exámenes para olvidar todo lo aprendido poco después de finalizarlos y que luego retomará ya en su vida laboral, echa mano de su experiencia y las anécdotas que nos cuenta en su mayoría son bastante sonrojantes y pueriles. Puestos a apreciar la impronta de los griegos y su legado, prefiero los textos que he leído de Pedro Olalla, de Carlos García Gual o de Edith Hamilton, o cualquier conferencia de Antonio Tovar o de Francisco Rodríguez Adrados. Si me quedo con algo son con algunos aspectos históricos y alguna que otra reflexión sobre la lengua griega que sí me ha interesado (como lo referido sobre la transición del griego antiguo al griego moderno, o el pasar de poner el acento no ya en el cómo, sino en el cuándo sucede la acción, al caer los griegos en la cárcel del tiempo), aunque estos desenfadados ensayos creo que tienen muy poco recorrido y escaso vuelo. Promete mucho ya desde su pomposo título y ofrece bastante poco (por no hablar de las erratas presentes, palabras repetidas una al lado de la otra y otras cosas relativas a la traducción como hablar de efectos colaterales cuando en ese entorno bélico creo que se debe referir a daños colaterales), lo cual no impedirá -o quizás a consecuencia de lo anterior- que se venda como churros.

Editorial Taurus. 2017. 208 páginas. Traducción de Teófilo de Lozoya y Juan Rabasseda.

Literatura griega en Devaneos

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El libro y la hermandad (Iris Murdoch)

La primera sensación que tuve cuando comencé esta novela de Iris fue de apabullamiento. En un mismo lugar (Oxford) se reúnen más de una docena y media de viejos amigos, donde todos parlotean y el apabullamiento deviene aturdimiento. Luego Iris de manera muy sutil irá tirando de cada hilo, desflecando la madeja, concediendo su espacio a los distintos personajes, refiriéndonos sus historias y las relaciones que durante estas últimas décadas se han ido creando, fortaleciendo o menguando entre ellos. Me gusta poco la narración cuando Iris fija su atención en lo externo, en detalles triviales: todo lo que tiene que ver con el vestuario, la decoración o los atributos físicos personales y me interesa mucho más -y ahí radica en mi opinión el gran valor de la novela- cuando el relato pasa de lo estético a lo ético y abundando en la introspección Iris pasa a todos ellos por el cedazo de la experiencia y la batidora de la moral, los sube al escenario que viene a ser una suerte de ring, donde todos ellos reciben su merecido, y las victorias, en la pugna contra el destino, si las hubiera, son pírricas, o a los puntos. Una experiencia concebida como un sumatorio de actos humanos de distinta índole que van, entre otras muchas, desde la aventura fuera del matrimonio al aborto repentino, pasando por tentativas de suicidio, duelos a pistola, muertes accidentales, el dolor del duelo ante la pérdida de una mascota o la muerte de un ser querido, las confesiones de un amor arrebolado y no correspondido, el gran vacío o fin de ciclo que experimenta el escritor ante el libro ya acabado -un libro convertido en un fascinante macguffin, pues de la hermandad del título aún sabremos algo, pero del libro de marras muy poca cosa- el perdón cauterizador, la felicidad como un objeto de consumo más, la religión emancipadora, los lazos filiales convertidos en cadenas, la transición del idealismo al conservadurismo, el pasar de querer salvar el mundo a querer preservar su pequeño mundo, a cualquier precio.

Los humanos son aquí seres dolientes, indolentes, inseguros, insatisfechos, aburguesados, que al echar la vista atrás y contrastar sus sueños y esperanzas de su juventud con su realidad adult(erad)a y presente comprueban que la argamasa de su día a día, las relaciones, ya sean de amistad o de pareja tienen los huesos de cristal, que la distancia entre la teoría y la práctica, entre el pensamiento y la acción se nutre de impotencia, de resentimiento, que los héroes están en las calles y los cobardes como ellos en sus casas entregados a una verborrea estéril y a un hedonismo a medida.

Podemos pensar en este manojo de vidas folletinescas con el que Iris describe al detalle y con gran agudeza la condición humana como meteoritos del espacio exterior fuera de nuestra órbita. O puede ser que mirar hacia el cielo sea sentir un escalofrío y un ramalazo de melancolía recorriendo nuestro cuerpo, cuando al pensarnos, lo leído nos incumba, desmantele y quién sabe si incluso colisione.

Impedimenta. 654 páginas. Año 2016. Traducción de Jon Bilbao. Postfacio de Rodrigo Fresán.