Archivo por meses: septiembre 2017

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Atlas de islas remotas (Judith Schalansky)

Las islas siempre se nos presentan como algo mágico y misterioso, como confesaba Jordi Esteva en la atracción que sintió desde pequeño hacia Socotra, la isla de los genios. Si bien, como indica la autora de libro, Judith Schalansky, en el prefacio, el Paraíso es una isla, el Infierno también. Judith no viaja a ninguna de las cincuenta islas remotas que aquí se dan cita, sino que el suyo es un trabajo de documentación, donde plasmará con mapas y en menos de una página por isla, y con un tamaño de letra muy reducido, datos pintorescos e históricos que nos den cuenta de los distintos usos y fines a los que han sido destinados estas islas, muchas de ellas diminutas, de pocos kilómetros cuadrados de extensión, algunas poco más que un simple atolón, finas líneas de arena sobre el borde del mar y a riesgo inminente de desaparecer. Islas que han servido como centros penitenciarios, como estaciones meteorológicas, como bases militares y que han conocido ensayos nucleares y lo peorcito de la naturaleza humana, en forma de violaciones, asesinatos, reyertas, infanticidios, etc. Judith llega a la conclusión de que todo está ya descubierto, desvelado, a pesar de que muchas de estas islas que aquí aparecen diseminadas por los océanos están ahora abandonadas, dado que la vida en ellas resulta imposible. El relato, viene a ser un ameno puñado de anécdotas, algunas muy interesantes como la historia de la Isla de la Decepción, cuyo nombre denota el estado de ánimo de unos navegantes, Magallanes y los suyos, que en esa isla de la Polinesia francesa no pudieron paliar ni el hambre ni la sed que acarreaban, y en su estado lo que experimentaron fue una decepción del tamaño de una isla, o bien el de la Isla Howland y la historia de Amelia Earhart, la segunda persona que cruzó volando el atlántico y que desapareció sobrevolando esta isla -mientras intentaba ser la primera en dar la vuelta al mundo en avión, siguiendo la línea del ecuador- sin poder aterrizar, al no poder divisarla desde las alturas, y ya sin combustible fue junto a Fred Noonan rumbo a la nada. Un texto que rompe con la imagen romántica de la isla paradisíaca, pues si a menudo aquello de pueblo pequeño infierno granderesulta a menudo cierto, en una isla de unos pocos kilómetros de largo y ancho, la convivencia puede devenir inhumana.

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De noche, bajo el puente de piedra (Leo Perutz)

Decía Víctor Ruiz de Iriarte que la sonrisa era el idioma universal de los hombres inteligentes. Esta novela de Leo Perutz (1882-1957), la primera que leo del autor checo, es divertidísima, amén de vivaz, alegre y a pesar de sus elementos trágicos, muy proclive a arrancarnos unas cuantas sonrisas. Una narración que irá encadenando múltiples historias y personajes, algunos de los cuales como Esther, Rodolfo II, Mordejai Meisl o Philipp Lang aparecerán en más de un relato. Fresco histórico que permite acercarnos a la realidad social de la Praga de finales del siglo XVI y comienzos del XVII, donde los emperadores eran financiados por judíos adinerados, donde la religión marca la vida de los ciudadanos en su día a día, ya fuera la católica, el protestantismo o el judaísmo, ésta última sobre la cual abunda el autor, que era judío y pasó su vida a caballo entre Austria e Israel. Hay homenajes cervantinos como el relato titulado El coloquio de los perros, y mucho humor tonificante, personajes muy vivaces y dicharacheros y una pobreza arrostrada con dignidad y estoicismo, también un amor al saber plasmado en personajes como el astrónomo Kepler y siempre el azar y la fortuna moviendo los hilos de todos aquellos que sueñan con mejorar su condición, con aquel golpe de suerte que los saque de la pobreza y también su reverso, el de aquel, como Meisl, que no ve la manera de desprenderse de todo su capital, de dilapidarlo e invertirlo en obras sociales, de despojarse de todo y quedarse como su madre lo trajo al mundo. Los relatos, no exentos de elementos oníricos, alquímicos o angelicales, transcurren en la ciudad de Praga, y sus páginas nos ofrecen un vívido viaje por su calles, plazas, barrios, castillos, covachas y alcobas, una ciudad que como se lee en el último relato, muda su cara, con demoliciones de edificios, dejando para el recuerdo, creo, plazas como la de las Tres fuentes que aparece unas cuantas veces en el texto. Sin duda seguiré alimentando mis devaneos con futuras lecturas de Perutz.

Libros del Asteroide, 2016, 286 páginas, traducción de Cristina Garcia Ohlrich

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Socotra, la isla de los genios (Jordi Esteva)

Jordi Esteva (Barcelona, 1951), autor de este libro de viajes, fantaseaba desde su época como escolar con visitar algún día la isla de Socotra. Esteva va por tanto en pos de un sueño, que al final logrará cumplir, a los sesenta años, tras cuatro décadas viajando, al arribar a los altos de al-Haggar. Esteva quiere saber, empaparse de las leyendas e historias locales. No es fácil, pues los lugareños socotríes, salvo los más ancianos, parecen haber olvidado parte o casi todo su pasado, toda vez que las Sagradas Escrituras, aquí el Corán, despoje a la sociedad de mitos y leyendas. Así, será Esteva quien referirá las leyendas y mitos, que éste ha leído en otros libros, a los oriundos. Mitos y leyendas que hablan de Gigamesh, de Urano, de Zeus trifilio de Cástor y Pólux. Una isla, Socotra (ubicada próxima al Cuerno de África y debajo de Yemen), muy codiciada por su producción de mirra, incienso, y ámbar gris. Una isla de la que daba cuenta Marco Polo en El libro de las maravillas del mundo. El testimonio del viaje de Jordi Esteva, es un testimonio de un mundo cada vez más homogeneizado, donde el progreso anula las diferencias. En Socotra, en esta isla remota, Jordi se encuentra consigo mismo, y es feliz durante unas cuantas semanas, en buena compañía, en un paraje casi arcádico, donde no hay luz eléctrica, ni móviles, donde se viaja a pie, y en ocasiones se duerme en cuevas o al raso, arropado por millares de estrellas, al tiempo que Esteva y sus acompañantes, disfrutan de la generosidad y hospitalidad local. Lugareños, siempre dispuestos a compartir con los visitantes sus escasos víveres, ya sea te, dátiles, leche de cabra o miel. La lectura me ha resultado muy entretenida y a ratos fascinante, a lo que también contribuye las espectaculares fotos en blanco y negro, de rostros y paisajes.

Me trae en mientes esta lectura capítulos que había leído hacía años en Mani de Patrick Leigh Fermor. Ambos maridan bien lo mucho y bien leído, con su mirada particular y crítica (Esteva comenta por ejemplo el papel de la mujer en el Islam o el trato que la religión católica dispensa a los animales), ante un mundo antiguo camino de la aniquilación y que Esteva en este libro trata de preservar, atesorando cuantas narraciones orales socotríes es capaz de registrar.