Archivo por días: 01/07/2017

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La dulce (Fiódor Dostoievski)

El comienzo de esta novela breve -la cual quedó recogida en Diario de un escritor, publicación mensual que Dostoievski dirigió desde 1873 hasta su muerte en 1881, unas páginas donde quedó agrupado todo su pensamiento y donde igual tenían cabida la actualidad rusa, la crítica política o social, el análisis literario y cultural, o las impresiones personales antes los diferentes sucesos históricos, según refiere la editorial que lo publicó- me recordaba a otra Y eso fue lo que pasó de Natalia Ginzburg. Aquella comenzaba con la confesión de un asesinato. Una mujer despachaba a su marido hacia el más allá. Aquí la novela arranca con un hombre que contempla el cuerpo de su mujer muerta sobre dos mesas de juego, si bien el juego, al contrario que en El jugador, no se toca. De entrada no sabemos si la ha matado o no. Más tarde sabremos que la causa de la muerte ha sido la defenestración voluntaria de la joven desgraciada de apenas 16 años.

Como es habitual en las novelas de Dostoievski sus personajes son como muelles tirantes que se estiran y se recogen de forma violenta, ruidosa, aparatosa. Él se ha visto a dejar el ejército por un acto cobarde, y se gana la vida como usurero. En su órbita cae una joven de 16 años, con la cual acabará contrayendo matrimonio. Ella le es infiel y él no sabe cómo lidiar con esa situación. Si matarla, si matarse, si batirse en duelo, como en Los demonios, si matarse los dos, algo que me recuerda a una novela que leí hace poco, Alves & C.ª de Eça de Queiroz.

Los personajes de Dostoievski se mueven siempre por unos criterios morales. Es por ello que se habla largo y tendido sobre el honor, la dignidad, el decoro, la humildad, el vicio, la inmundicia, etcétera. A fin de cuentas ambos, tanto él como ella son dos desgraciados, que juntan sus soledades, sus silencios, sin ser capaces de crear nada juntos, más allá de alimentar a la Parca con carne fresca, la de ella. Al leerla, me venían ecos de Crimen y castigo, ya que ahí también aparece una usurera que acaba muerta, y un personaje masculino que parece que siempre se ve en la obligación de redimir, encauzar, embridar, las descarriadas vidas de jóvenes que ellos creen que necesitan protección, cuando lo único que consiguen es hacerlas aún más desgraciadas, en el mejor de los casos.

Editorial Funambulista. 2013. 128 páginas. Traducido por: Gonzalo Gómez Montoro y Bienvenida Sánchez Sánchez

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La educación de las hijas (Mary Wollstonecraft)

A Mary Wollstonecraft la conocí en el libro Huellas, tras los pasos de los románticos de Richard Holmes. Holmes nos presentaba a Mary en 1789, en París, durante la Revolución Francesa. Si bien su revolución personal ha lugar cuando Mary es madre. La educación de las hijas (publicado por la editorial cántabra El Desvelo ediciones), lo escribe Mary a sus 26 años. Un texto juvenil y pueril tributario de su juventud. Mary, creyente muy religiosa, presenta la religión como lenitivo con un más allá, que siempre podrá cumplir las esperanzas no materializadas en el más aquí. Mary escribe su libro en 1787. En aquellos años como Mary bien expone el papel de la mujer pasaba por ser esposa y madre. A tal fin, Mary, expone cuáles deben ser las virtudes, las normas de conducta basadas en la moral, que deben regir el proceder de estas jóvenes. De entrada, Mary, siendo bastante revolucionaria, apuesta por la lactancia materna, lo cual se estilaba muy poco, porque lo propio era no dar el pecho, incluso en las clases más bajas, porque no dar el pecho, se entendía que permitía al ser humano romper con su animalidad.
Mary al contrario que el pensamiento dominante entonces, entiende la lactancia como un reforzamiento del afecto filial.
Mary apuesta a su vez por cultivar la inteligencia, el intelecto, el pensar, y recomienda la lectura. Y dice que la lectura es el mejor ejercicio, la ocupación más racional. El problema es que hay mucho libro malo. Lo sentimentaloide debe evitarse porque lo malo ocupa y triunfa con facilidad: si acostumbramos la mente a lo fácil la buena literatura se nos hará pesada. !Qué razón lleva!

Mary también arremete contra esas mujeres que dedican su tiempo a pensar qué vestido ponerse, qué afeites disponer sobre su rostro, en vez dedicar su tiempo a tareas más provechosas.

No me convence su discurso o más bien su sermón, cuando arremete contra el teatro, pues considera entonces a los espectadores menores de edad que no son capaces de entender nada de lo que ven, al no conocer realmente el espíritu del artista que ha creado dichas obras. Ahí, Mary se muestra muy severa, muy poco proclive, al recreo, al ocio. Sí me parece interesante, lo que Mary, dice de esos personajes femeninos que aparecen en las novelas, escritas por hombres, muy poco pegados a la realidad, siempre a merced del varón de turno, a sus antojos, caprichos, devaneos; personajes que luego muchas mujeres, en su vivir, tratarán de imitar.

Mary habla mucho sobre el refinamiento, como si este fuera la clave del éxito en el comportamiento femenino, sin entrar a fondo la cuestión. Interesante lo que dice acerca de la educación, en su vis pedagógica, cuando habla de que los niños más que tirar de memoria, deben entender, razonar. Hay algo que sí que me parece importante, y es que entendemos mejor algo en cuanto vinculamos lo estudiado a nuestras experiencias. Habla mucho también Mary, de los criados, por lo tanto este libro quizás vaya dedicado a una clase alta, la cual se puede permitir tener gente a su servicio, dejando por tanto de lado a casi toda la sociedad.

Mary expone algunas sentencias que no me resultan muy juiciosas, dónde parece que la pasión vence al intelecto; siempre de fondo, la guerra que libran la pasión y la razón, en nuestro proceder, un proceder, en su caso, siempre marcado por la férrea religión.

De todos modos, La educación de las hijas me ha resultado interesante, por el año en el que está escrito, por haberlo escrito una mujer que en aquel entonces defendía cosas tan importantes como el papel de la mujer, que en aquellos años eran bastante originales y transgresoras.

Para acabar, comentar que Mary falleció a los 38 años, a consecuencia del parto en el que el alumbró a su segunda hija, otra Mary, la inmortal, Mary Shelley.

El Desvelo Ediciones. 2010. 108 páginas. Traducción de Cristina López González. Prólogo de Amelia Valcárcel Bernaldo de Quirós.