Archivo por días: 06/03/2017

Tropo Editores

Dos olas (Daniel Pelegrín)

Daniel Pelegrín (Murcia, 1973) mezcla dos historias que transcurren en Portugal, una fragmentada y ambientada en el presente y la otra en el siglo XVIII. La presente me resulta deslucida y mortecina donde los sucesos dramáticos que relata la joven Adélia: la soledad y desamparo que ésta siente -a pesar de su familia, sus amigos, sus compañeros de facultad, su novio, su amante, su tesis-, un embarazo no deseado a resultas de un hombre que calcula mal la marcha atrás, el aborto practicado en condiciones muy poco deseables, no acaban de cuajar y la figura del profesor universitario, el novio que sale del armario, y sobre todo la figura de Adélia componen un fresco muy poco vívido, donde lo más interesante me resulta la descripción de la ciudad de Lisboa vista por los ojos de Adélia.
Digo yo que si la idea es mostrar la soledad que siente un personaje, en este caso Adélia, no es necesario estar todo el rato con la palabra soledad a vueltas, sino que debe ser la lectura del relato la que nos permita empatizar con esa soledad que el personaje siente.
Por el contrario, la historia pretérita, la de la tesis en la que trabaja Adélia, la de la vida de Inês do Carmo, acusada de brujería por el Santo Oficio (aunque este tema que parece primordial queda orillado) me resulta más atractiva, más interesante. El lenguaje que maneja ahí el autor es más florido, romancero, exuberante, la ambientación es más rica: Faro, Coimbra, Tavira, Lisboa. El relato de su vida, que Inés referirá a la decumbente Isadora, está muy bien dosificado, tiene más carne, más fluidos (etílicos y corporales) y los personajes, ya sean Inés, Domingos, la Borrachona, Isadora, tienen más mordiente.

Como en el libro se van intercalando ambos momentos históricos, capítulo a capítulo, uno desea ir al pasado una y otra vez, de tal forma que el ceniciento presente acrecienta mi deseo de ir directamente a la crepitante narración pretérita, y conocer así la historia de Inés. No sé qué hubiera pasado si Daniel hubiera dejado el presente y hubiera pergeñado directamente una novela histórica. Parece ser que las historias de Adélia e Inés confluirían en un limbo temporal. No lo veo, porque las dos olas del título son dispares. Una es pura galerna, la otra, calma chicha.

Tropo editores. 2013. 222 páginas.

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Días de vino y rosas

Días de vino y rosas es una película demoledora, donde se nos presenta el alcoholismo, no como un solaz inocuo sino como una enfermedad que hará estragos en una pareja de alcohólicos, donde él, Joe (Jack Lemon) reconocerá su adicción y se afanará en mantenerse sobrio (gracias a la ayuda de Alcohólicos Anónimos) y recuperar las riendas de su existencia y donde ella, Kirsten (Lee Remick), no reconocerá que es alcohólica, y no le encontrará ninguna gracia ni sentido a aquello de estar sobria, de tal manera que decidirá amorrarse a su botella y dejar de lado a su marido y a su hija pequeña. La gran virtud de la película es su ausencia de gazmoñería, de discursos moralizantes, donde hablan la crudeza de los hechos. Tampoco hay un final feliz, aquel abrazo parejil que solucione todo y cauterice las heridas al momento. No hay nada de eso porque el alcohol es la bajada a las infiernos de ambos, y en el caso de Kirsten, ésta decide quedarse allí, porque si decide salir, el empuje debe proceder sólo de ella, pues no hay ninguna otra fuerza: ni su esposo, ni su hija, ni su padre, lo suficientemente fuerte como para sacarla a flote. Hay unas cuantas escenas memorables, trágicas, delirantes: Joe empujando a su mujer a beber con él al poco de dar ésta a luz, incitándola a darle a su hija leche embotellada y no el pecho, a fin de que la fiesta continúe, Joe destrozando el invernadero, Joe en el suelo mientras le riegan con alcohol como el que riega una planta, el padre de Kirsten llorando desconsolado ante la imposibilidad de cambiar nada, Kirsten asumiendo que no es capaz de pensar un horizonte en el que no pueda beber más, Joe con delirium tremens en su cura de desintoxicación, y ese impulso final de Joe de ir tras Kirsten, ese momento crucial, en el que todo puede volver a ser como siempre -un infierno- o rumiar su pesar tras la puerta viendo como su mujer se va de él, de su vida, hacia el centro de la nada, mientras la palabra bar se refleja en el cristal de Joe, junto a su cara, ya un poema trágico.