Archivo por meses: marzo 2017

El gran momento de Mary Tribune

El gran momento de Mary Tribune (Juan García Hortelano)

Hasta hace una semana desconocía a Juan García Hortelano (1928-1992). Un buen día compré por casualidad esta novela suya en un Cash Converters, franquicia donde venden objetos de segunda mano, libros también, por el módico -más bien irrisorio- precio de 20 céntimos de euro, en una cuidada edición de Círculo de Lectores y en un estado de conservación (había puesto conversación y le va al pelo) óptimo: a estrenar. Leí entonces esto de Tallón y comparto ahora su entusiasmo hacia esta estupenda y a la fuerza, propalable novela.

Luis Goytisolo decía esto por boca de sus personajes en Antagonía:

-dos recursos que no soporto, creo haberlo dicho antes– así de toda descripción […] como de diálogo, esa maniática transcripción de lo que dice la gente, que no sé si es más farragosa que estúpida o al revés, ya que, si por un lado es falso que la gente hable así, por otro, sobran cuatro quintas partes de las palabras transcritas, al menos desde un punto de vista literario. Pues lo que se habla es un bla-bla-blá que, si cansa en la vida real, en las obras de ficción resulta aún más insoportable, salvo cuando, como en Shakespeare, sobrepasa sus propios límites, deja de ser diálogo…

En El gran momento de Mary Tribune, priman y abundan los diálogos, y aunque sea falso que la gente hable así (que no lo es) o sea un bla-bla-bla (que no lo es) y aunque Hortelano no sea Shakespeare (que no lo es), creo que la grandeza de esta novela viene por ahí, por los corrosivos, hilarantes, jugosos, mordaces, agudos y muchos de ellos gloriosos diálogos, de gran penetración psicológica, diálogos brillantes en su capacidad para representar y poner de vuelta y media a la ociosa clase burguesa, que sustancian y son el armazón de la novela, ya sean los jocosos diálogos entre el narrador y Mary Tribune, una millonaria americana de pas(e)o por los madriles y que acaba prendada -una de esas noches en las que el alcohol y la soledad, ofuscan y enredan- del narrador, tal que decide quedarse en Madrid para vivir a su lado, alumbrando una relación imposible, siempre en caída libre y que de haber seguido juntos hubieran acabado como Joe y Kirsten, tanto como los diálogos mantenidos con el resto de personajes de la novela: Bert, Tub (personaje al que no le ponemos cara, pero sí cuerpo), José María, Merceditas, Guada.*, etc. Diálogos que le permiten a Hortelano depositar en ellos todo su humor, un humor ácido e inteligente y elaborado (la escena en la oficina donde un puñado de funcionarios “se ganan el pan con la abulia de su frente”, sin pegar un palo al agua, entregados al escaqueo en sus múltiples posibilidades, por ejemplo, en la cumplimentación de unos cuestionarios, es memorable y tronchante y acredita el buen ojo c(l)ínico de Hortelano), que abunda en las referencias de todo tipo, como incluir en la novela El Jarama de Ferlosio (autor diez años mayor que Hortelano), que dará lugar a una borrachera literaria, con el riesgo que esto conlleva de que algunas citas, chistes, comentarios u observaciones, se nos escurran entre nuestras entendederas verticales. Diálogos muy plásticos y sugestivos que avivan la narración y nos desplazan por las calles y la periferia del Madrid de los años 60, siguiendo el paso -no siempre firme- de un ramillete de personajes -con su horizonte despejado de ascendientes y vástagos-, siempre de farra, de sarao, de cubata en cubata y tiro porque me encogorzo, de cama en cama, de la cama a la ducha y viceversa, como vampiros crepusculares que se acuestan al alba, al alba….

Hablaba antes de Antagonía y si allá el sexo era crudo, descarnado, explícito, con hombres como surtidores de semen y mujeres como sumideros de dicho ímpetu seminal, aquí prima lo previo: la tosca seducción, el zafio galanteo, el toqueteo compulsivo, el arrumaco proclive al patético frotamiento, cuando la imaginación masculina vuela enhiesta y la mirada se embosca en el promisorio canalillo femenino o entre los muslos velados por una minifalda o en los ojos color cubalibre de la amante de turno; los anhelos propios de un deseo varonil tan palpitante como insaciable. Servidumbres de la lujuria.

Una proeza es la que logra Hortelano en este texto, a lo largo y ancho de sus más de 600 páginas, donde sólo hay dos capítulos y donde el texto se nos presenta como un todo indiferenciado, cuyo desentrañamiento erige a Hortelano -en las antípodas de un gramaterio delicuescente- como un magistral ordeñador de esa ubre inagotable -en sus manos- que es el lenguaje, que vivifica con un tono narrativo impecable, y que convierte cada página de esta delirante novela y diría casi que cada párrafo, en una aventura, en una sorpresa, ante lo que el autor nos tiene preparado, víctimas (los lectores) prontamente de una prosa que centripetará nuestro interés sin remisión (el que lea la novela sabrá muy bien de lo que hablo).

Hortelano trabajó durante ocho años (1964-1972) en esta novela, empeño que dio fruto y esta hojarasca devino vergel, porque este gran momento de Mary Tribune, es un gran monumento a una realidad epitelial que se manifiesta como resaca, arcada, murria, hastío, náusea, tedio (rayano en lo infinito, merced a una licencia laboral indefinida), vómito, vacío. La insatisfacción, encarnada en la figura de un indolente y mujeriego oficinista cualquiera, tributario de una educación sentimental escanciada, prostibularia y noctívaga, siempre presto al encuentro con Auroras de amarillentos dedos, maestro del escaqueo laboral y sentimental, diluido entre los vapores de un vaso de ginebra, resucitado en la tierra prometida que es cualquier piel femenina, para el que no hay redención que valga, ni solución posible. Fantaseamos con haber tenido otra vida, pero no pensamos en que todo sería diferente si nosotros fuésemos también de otra manera -se dice en la novela-, más actores que espectadores de cuanto nos sucede, digo yo. Yo soy yo y mi circunstancia dijo el filósofo y añadió y si la salvo a ella, me salvo yo. Nuestro narrador -del que quedan bien claras cuales son sus circunstancias y su modus vivendi- no quiere salvarse, o eso parece, pero no es así dado que cuando uno cree que su idea es apurar su vida hasta las heces y no ahormar su descarriada y errabunda existencia a una (previsible) y apartada vida hogareña, parejil y analcohólica, en la segunda parte de la novela -en las últimas 160 páginas- vemos en qué consiste aquello de sentar la cabeza, y el caso es que será un final feliz, pero acaba uno hecho polvo, como cuando ves a los pobres leones en el circo, tan fuera de lugar.

El riesgo que corremos leyendo libros como el presente es acabar ebrios de literatura. El problema luego es encontrar otros libros que estén a la altura de tal adicción, y tener que echarnos al coleto, para superar el mono, cualquier libro mediocre…

Gran Momento cuando decidí leer a Juan García Hortelano. Habrá más Hortelano y más gozo, seguro.

Diario de Adán y Eva

Diario de Adán y Eva (Mark Twain)

Relato de Mark Twain (1835-1910) de apenas 50 páginas sobre esta parejita primigenia ya inmortal: Adán y Eva. Después de haber leído la que lio José María Eça de Queirós con mimbres parejos, esto de Twain me ha dejado insatisfecho.

Ese final en el que ella dice que prefiere morir antes que su hombre porque ella es más débil, se lo perdonamos porque era la primera mujer sobre la faz de la tierra. De débil nada. Si esto no se ha ido al traste hace siglos y sigue siendo un lugar habitable es gracias a la fortaleza femenina.

Nueva edición de Trama Editorial con traducción a cargo de Cristina García Ohlrich, a sumar a otras ediciones anteriores a cargo de Impedimenta, Libros del Zorro Rojo, Alianza Editorial, Valdemar…

Trama Editorial. 2016. 64 páginas. Traducción: Cristina García Ohlrich

Cómo dejar de escribir

Cómo dejar de escribir (Esther García Llovet)

De Esther García Llovet (Málaga, 1963) había leído Las crudas y Mamut, y en Cómo dejar de escribir, Esther sigue fiel a su estilo: frases cortas, humor acerado, una realidad drenada y por tanto seca, contando historias como ésta, que sucede en Madrid, pero que podría ocurrir en cualquier parte. Personajes creados con muy pocas pinceladas, un argumento mínimo (con un escritor afamado muerto, un tal Ronaldo, y la posibilidad de que un presunto manuscrito suyo desaparecido pueda ver la luz), muy sucinto, y una prosa que parece más propia de un guión cinematográfico -esta novela se ve a la par que se lee- que de una novela, pues Llovet saca adelante 126 páginas donde otro escritor con algo de relleno se iría hasta las trescientas. O más.

Sí tengo siempre la sensación de que Esther no ha parido su obra definitiva, pues esta novela, como las anteriores, aunque se lea en un visto y no visto, sea amena y entretenida, le falta intensidad, ese ramalazo que te sacude y espabila, porque el riesgo que se corre es que todo resulte demasiado abstracto, demasiado vago, demasiado a medio cocer, alimento por tanto del olvido inmediato.

No obstante, las novelas de Esther, quizás porque no escribe como ninguna otra escritora española que haya leído, me siguen interesando.

Solos contra Hitler

Ayer emitieron en La 2 este documental (está en abierto hasta el 1 de abril, de ahí que haya puesto el vídeo que hay en YouTube) donde vemos que hubo quien entendió el poder de Hitler cómo algo demoniaco y que a su manera se opuso al régimen con las armas que tenía a su alcance: unas postales, tinta, unas palabras y el uso de la razón y su capacidad crítica, capaz de enjuiciar el proceder de un líder y de una población enferma en su delirio bélico y exterminador. Un documental impagable. Otto y Elise, dos héroes de andar por casa que acabaron guillotinados y que cifran lo mejor de la naturaleza humana. Va siendo hora de que lea Solo en Berlín de Hans Fallada.

Luis Goytisolo Antigonía

Antagonía (Luis Goytisolo)

Hace unos meses leí que ‘Antagonía‘ de Luis Goytisolo (Barcelona, 1935) sustituía al Quijote para estudiar español en Francia. Leer noticia aquí. Algunos meses atrás supimos que la Biblioteca Nacional había adquirido el archivo de Luis Goytisolo. No es cuestión de comparar a Cervantes con Luis, pero la decisión del gobierno francés, quizás haga que nos pique la curiosidad hacia una obra que a pesar de ser considerada por muchos como una obra maestra, ha pasado bastante desapercibida en nuestro país, por mucho que haya sido objeto de la critica literaria y de numerosos análisis literarios a lo largo de estas últimas décadas y ahora del reconocimiento francés.

Antagonía se publicó, en cuatro novelas, entre 1973 y 1981, aunque la obra se gestó en 1960, durante los cuatro meses que Luis pasó en la cárcel. A mí leerla me ha supuesto unas tres semanas. Anagrama decidió publicar en 2012 -en su título número 500- y por vez primera la tetralogía en un solo volumen de 1112 páginas, con prólogo de Ignacio Echevarría. Poco después Cátedra hizo lo propio.

Paso a detallar lo que me ha parecido cada una de las novelas a medida que las he ido leyendo.

Recuento

Recuento -publicado en México en 1973, dado que en España el libro fue secuestrado por el Juzgado de Orden Público, y no se pudo distribuir hasta 1975- es la primera de las cuatro novelas que forman parte de Antagonía, en una edición donde las páginas van muy bien surtidas sin apenas puntos y aparte ni páginas en blanco y con los diálogos (esos diálogos que nos dicen son siempre prescindibles a no ser que esté detrás Shakespeare) insertos en el texto de forma indiferenciada. Podemos hablar del Londres de Dickens, del París de Balzac, del Madrid de Galdós. ¿La Barcelona de Luis Goytisolo?. Es muy posible, porque Luis Goytisolo (Barcelona, 1935) -suscribiendo lo que se dice en un momento de la novela- se erige como ese fiel cronista de las grandezas y miserias, de los dramas anónimos y cotidianos de sus ciudadanos -o de un puñado de ellos-, confiriendo un importancia crucial al matiz, y ahí Goytisolo va sobrado, donde su mirada va de lo microscópico a lo drónico- y del presente al pasado-, con igual suerte. Algunas páginas sí se me antojan redundantes o reiterativas, pero es tal la maestría de Luis, tal su capacidad para verter sobre el papel un texto que se nutre de mil aspectos, voces, matices, miradas, acontecimientos, descripciones, como si el empeño del autor fuera contarlo todo, cuyo objeto de estudio fuera la realidad y la historia de Cataluña -de Barcelona en concreto- desde 1930 hasta los años previos al fin de la dictadura , aunque creo que la narración hará las delicias no solo de los catalanes, sino de cualquier espíritu curioso, ávido de una prosa de digestión lenta y saciante -no por la cantidad, que también, sino por la sustancia-, pues lo que Luis demuestra, de una manera muy prolija y trabajada desde muchos puntos de vista, es cómo se conforma una nación, una identidad, la cual es un sumatorio de todo lo vivido por las generaciones previas, un palimpsesto de derrotas, conquistas, invasiones, migraciones…, aunque luego vemos cómo el político de turno, rebusque en el arcón de la historia aquello que mejor se adapte a sus intereses partidistas; un pasado que siempre puede ser modificado, reinterpretado, de tal modo que el hálito pretérito, torne en aliento patriótico, en una identidad que se moldea cual arcilla y se cuece luego a fuego lento en los dominios parlamentarios. Luis describe de manera exhaustiva la sociedad catalana, la burguesía monopolista y no monopolista, los campesinos que llegan a la ciudad, los obreros fabriles, las luchas estudiantiles, las huelgas, los planes de estabilización y de desarrollo, las octavillas, las detenciones (como la que sufre el narrador), las torturas, y antes la primera república, la restauración, la guerra civil, los paseíllos, los ajusticiamientos, banderas republicanas, comunistas, republicanos, anarquistas, burgueses, oligopolios, monopolios, el pueblo a Régimen…Luis aborda distintos aspectos, ya sea la estancia del narrador, Raúl Ferrer Gaminde, en la mili (la disciplina, las novatadas, ese codearse con extraños de toda clase social y origen, ¿unas vacaciones?, los permisos, la visita nefasta de la novia de entonces, las imaginarias…), los veraneos arcádicos en el pueblo, los paseos urbanitas: cartografía de la ciudad de Barcelona (plazas, calles, barrios…), a golpe de talón; la vida de los charnegos en la ciudad, el sexo tan natural y explícito como el comer o respirar, la conciencia de clase. Lenguaje desmedido, totalizador. Un narrar sin prisa, pero sin pausa, drenando la realidad. Es muy posible que se parezcan como un huevo a una castaña, pero a ratos Goytisolo me recuerda al Bernhard de Corrección, en ese ritmo jadeante, enseñoreándose con una prosa torrencial, que te deja exhausto, sin resuello. Luis describe una realidad más intensa de lo que ésta realmente es, expresada a través de la escritura. Se habla mucho sobre la naturaleza (muerta) del amor, ya sea a través del sexo, de los celos, de las infidelidades, los referidos al jade, la yoni, los escritos de Tong-Hiuan-Tsen, que destilan un humor erótico muy jugoso y sublimado. Luis, entre los muchos estilos y maneras de narrar que frecuenta recurre bastante al estilo Homérico (al que cientos de páginas después se refiere al autor) y a esa manera de describir a base de metáforas con el “Así como…” e incluso Joyceano: “enristrando a su bebé con biberones y supositorios, un berreador pipicacoso, eructopedorreante…” Cuando lea las tres novelas restantes, comentaré Antagonía en su totalidad, ahora, tras la lectura de Recuento, cuya narración se ramifica hasta llegar al centro de nuestro ser, sólo puedo esbozar esto al 46%.

Los verdes de mayo hasta el mar

La narración -al menos en su comienzo- ya no tiene ese afán totalizador de tratar de abarcar tiempo y espacio como en Recuento, sino que como si de una digresión de Recuento se tratara, Los verdes de mayo hasta el mar, ciñe su narración a lo que acontece en Rosas -localidad catalana marinera-, donde el paisaje muda del verde al gris del cemento, donde la vista se pierde entre grúas que velan el doble azul de cielo y mar, un paisaje entregado a las ansias del turista innominado, intercambiable: maná que llena los bolsillos de los lugareños dedicados al turismo, con sus bares, sus locales, sus restaurantes, sus discotecas, sus terrazas, alimentando la codicia de los inversores, constructores, promotores, que sólo anhelan seguir edificando, construyendo su fortuna; paraíso para la especulación. Paseo marítimo como escaparate de cuerpos acangrejados, harináceos, mórbidos, beldades nórdicas, horadadas por las miradas del macho ibérico, cuerpos procaces, libidinosos, que buscan oquedades, acoplamientos, vaciamientos, jadeos y resuellos. Quien narra -el ambiente es de nuevo un ambiente burgués, de hombres y mujeres, dándose la vidorra, tirados a la bartola- nos refiere el solaz, la demora, el recreo contemplativo, ese darse al dolce far niente, sin más horizonte que lo que anuncian las manecillas del reloj, sin más horizonte que el final del vaso del cubata. Trasnochar, vivir de espaldas a las alboradas, sustraídos, él, Carlos y su pareja al tráfago diario, a las obligaciones, quehaceres y responsabilidades de todo tipo. Pueblos costeros que al acabar la temporada se pliegan como sombrillas, entregados luego a un merecido descanso para poco después ir calentando motores ante la próxima temporada, ante la próxima marea humana, que enriquece tanto a los lugareños como desmantela el terreno.

En ocasiones la mirada se alza, se abandona la costa, para sobrevolar y describir lo que es Europa:

“Una Europa descivilizadora, barbarizadora, drogadora, violadora, esclavizadora, exterminadora, atomizadora, roedora y raedora, convirtiendo países en explotaciones, culturas en antigüedades, razas en productos, pueblos en mercados, mágico cambalache, genio del cristianismo, vasto despliegue de cruces y cañones, éstas son mis razones, éstos son mis poderes, una Europa repentinamente aterrada, culpablemente acomplejada ante ese mundo hecho a su imagen y semejanza, temiendo por encima de todo recibir un trato recíproco, el mismo trato que ha dado, la droga asiática, la verga africana. Ansiedad y culpa y desmoralización que no puede dejar de pesar sobre los hombros del europeo de hoy, de nuestro hombre, y explicar así su cansancio, acrecentado por el esfuerzo de simular una hipócrita cordialidad hacia otras razas, otras sociedades, otras culturas”.

El sexo, en todas sus variantes, ya sea el que se desparrama o como fruto de lo reprimido, se manifiesta en las páginas de forma reiterada, casi obsesiva, y nos topamos con personajes que se nos presentan como ninfómanas, frígidas, homosexuales, putas, estrechas, libertinas y donde hay muchas pajas, masturbaciones, aventuras, polvazos en suspensión, flirteos, adulterios, erecciones, abultamientos, vulvas palpitantes, gargantas profundas, mucho irse y venirse…

El autor interpela al lector agudo y sobre la marcha reflexiona, en ocasiones, sobre lo escrito, para poner las cartas sobre la mesa, cuando creo que debe ser el lector siempre quien desbroce, quien horade, quien bucee y se pierda en el texto, sin pistas, sin interpretaciones, para mayor así la sorpresa, el goce y el regocijo de descubrir, de interpretar, o de encogerse de hombros, todo ello por uno mismo, sin muletas autorales.

El espíritu de la novela puede ir por aquí: la tensión de construir, deconstruyendo, de mostrar, ocultando.

“la creación como alienación, como distanciamiento y destierro, como droga que no se puede abandonar y a la que, como buen adicto, supeditamos todo en la vida, una obra que queremos realizar a cualquier precio y que es, a la vez, superior a nuestras fuerzas, a las de ese desdichado autor, perfecto ejemplo del cual nos lo brinda la figura del propio Proust…”

Leer esta novela es como recorrer el contorno de un muelle: un sube y baja donde transitar de la euforia a la delicuescencia, donde Luis te lleva a veces en volandas, y otras a tirones, hasta el límite de nuestras fuerzas, de nuestra paciencia, hasta la náusea, el empalmamiento, el rechazo, merced a su prosa espermática, zigzagueante, vigorosa, lánguida, luminosa, sombría, subyugante, sórdida, tediosa e incluso, en sus postrimerías homéricas, ya de cabotaje e incluso astral.

La cólera de Aquiles

En La cólera de Aquiles -publicada en 1979- nos desplazamos por el litoral catalán, pasando de Rosas -donde se desarrollaba Los verdes de mayo hasta el mar- a Cadaqués. El ambiente burgués persiste. La narradora nos refiere sus devaneos amatorios y el día a día de una burguesía que no da un palo al agua. Los personajes se definen exclusivamente en el aspecto sexual, y en todo aquello que hacen o no hacen con ellos (con sus sexos).

De nuevo en las páginas se sucede el folleteo, el libertinaje, las aventuras intercambiables, las vergas que se ofrecen bajo el pantalón, las teorías clitorianas, y mujeres que se nos presentan como frígidas, lesbianazas, estrechas, ninfómanas; una terminología que se repite y resulta cansina. El enfoque cambia algo con respecto a las anteriores novelas de la tetralogía, porque la narradora, habla de un amor lésbico (el suyo) u homosexual, como algo que ya no es contra natura, mientras que en las dos novelas anteriores, la homosexualidad se censuraba, y se mostraba como algo aberrante, sórdido, casi como una tara, como una enfermedad.

La narradora, que es escritora, ha escrito una novela, El Edicto en Milán, libro que está engastado en La cólera de Aquiles y que le permite a Goytisolo reflexionar sobre la vida, la escritura y la lectura, pues la autora reflexiona sobre lo escrito en El Edicto en Milán, sobre el desarrollo de sus personajes -centrando la atención en Nuria, personaje nuclear, y que a pesar del soporte teórico que le imprime la autora, me resulta muy pobre-, sobre las correspondencias con la realidad; un texto que será enjuiciado por Raúl, el escritor que narraba en Recuento y que le permiten a Luis Goytisolo disertar sobre el proceso creador, donde se interpela al lector, a poder ser agudo, capaz de apreciar aquello que el autor pone en el texto y que no siempre es fácil de dilucidar.

El reto de la novela es cómo hacer que unas vidas banales y aburridas, marcadas por el tedio, leídas, no resulten idem. Creo que la escritura de la novela es tributaria de una época y el enfoque psicoanalítico de todos los personajes, siempre con el sexo como aquello que los define y redime -en el mejor de los casos-, cuatro décadas después creo que ha sido superado, por lo que esas reiteradas peroratas y devaneos sexuales de todos los personajes: estrechas, ninfómanas, adúlteras, aventureras sexuales, libertinos, pederestas, masoquistas, faunos…resultan cansinas, a la par con todo lo referido sobre los comunistas, los revolucionarios, los niños de papá, y ese entorno burgués, que quedaba mucho mejor definido y sustanciado -con una prosa mucho más potente- en Recuento.

Teoría del conocimiento

Teoría del conocimiento pone fin a la tetralogía. Me gusta como remata Luis su obra. Raúl, el narrador de Recuento, aquel que soñaba ser escritor, finalmente lleva a buen puerto su empresa y escribe un libro, que es este que leemos -y que contiene dentro un diario-, donde se erige más como un ensayo que como una novela al uso. Un texto que le permite a Luis a través de Raúl, reflexionar sobre la naturaleza del acto creador, pues es habitual que cuando el protagonista de la novela es un escritor, a menudo, todo aquello que afecta a su oficio, a su labor creadora aparezca en mayor o medida en el texto. Muchas cosas interesantes se dicen tanto sobre el ejercicio creador, por lo que atañe al escritor, y también por lo que concierne al lector, que en una novela de estas características, tiene un peso muy importante, pues si el escritor se proyecta en lo escrito, el lector también lleva a cabo, quizás no una proyección, pero sí una inmersión, dado que a medida que se lee y se construye significado, en tanto que vamos hilando lo leído con lo que fuimos, somos y seremos, también hay una indagación en nosotros en nuestra memoria, deseos, sueños, esperanzas, tal que nuestro enjuiciamiento crítico nos hará comulgar en mayor o medida con lo leído, en tanto nos concierna más o menos, y en Teoría del conocimiento, al contrario de lo que sucedía en La cólera de Aquiles que me resultó en exceso reiterativo y lejano, aquí los temas que trata y la manera de abordarlos me resultan muy atractivos y sugerentes.

Leídos los cuatro libros sí que veo la necesidad de abordar la novela como un todo, pues leídas las novelas de manera independiente se pierden multitud de referencias, ecos y correspondencias, y lo más grave, muchos significados quedarían truncos, sin sentido, de tal manera que leídas -y retenidas, si es posible, empeño nada fácil, habida cuenta de las dimensiones de la obra, donde los personajes se nos presentan bajo distintos ropajes y máscaras- seguidamente, permite, creo, a pesar de su densidad y complejidad, coger la perspectiva necesaria para poder ver, ya en la distancia -con la novela ya en la estantería-, con cierta claridad este ocho mil y sentir la satisfacción personal de haber leído una obra no sé si maestra, pero sí muy importante, que pienso releer dentro de 20 años.

Quizás porque Luis es catalán algunas palabras vertidas en castellano me suenan raro, como de sobras sabes, el tendón de Aquilés, girones, alteza de miras, expanderse…

Leída la novela, me dispongo a ver -gracias a la Fundación March- esta charla entre Luis Goytisolo e Ignacio Echevarría.

Luis Goytisolo e Ignacio Echevarría

Feliz fin de semana.