Archivo por meses: febrero 2017

Julio Ramón Ribeyro
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Prosas apátridas (Julio Ramón Ribeyro)

La lectura hace al hombre completo, la conversación lo hace ágil, el escribir lo hace preciso.

Francis Bacon

Historias encontradas de Eduardo Berti me puso en la pista de Julio Ramón Ribeyro (1929-1994). Un amigo me recomendó leer Prosas apátridas. !Bendita sugerencia!. Estas prosas apátridas como las denomina Julio son algo parecido a descartes que no cabían en otras novelas y ensayos, y que se reúnen aquí, en 200 parágrafos y que creo que cifran bien la agudeza y buen hacer de Ribeyro.

Se hablan de muchas cosas en estos apuntes autobiográficos que me recordaba en parte a algo que leí recientemente de Quignard, pero sin la presunción y gravedad de este. Ribeyro se nos muestra más mundano, más accesible, más de andar por casa, donde su mirada se dirige hacia una realidad escurridiza, ininteligible (mientras leía esto en un banco, se me acercó un chucho homérico a oler mi zapato, mientras su dueña lo llamaba a voz en grito, con un !Argos, deja en paz al señor!), donde reina la confusión y el caos, donde la razón se sustrae y da paso al hombre que es poco más que un punto de vista, una mirada, un espectador que contempla y asume nuestro paso fugaz por la vida, un tránsito con escaso brillo, con unos pocos momentos gloriosos (“no hay nada más duradero que el instante perfecto“) y lo dice alguien que gozó de la fama literaria, un Ribeyro que mete a su hijo en la narración, para hablarnos de la irrupción de un niño en el hogar como la de los bárbaros en el viejo imperio romano. Un niño que crece, y le lleva a Ribeyro a decir: “Es falso, pues, decir que los niños imitan los juegos de los grandes; son los grandes los que plagian, repiten y amplifican, en escala planetaria, los juegos de los niños”.”Un niño que crece y se alimenta de nosotros, de nuestro tiempo y que se construye con las amputaciones sucesivas de nuestro ser“.

Ribeyro diferencia erudición de cultura: “La cultura no es un almacén de autores leídos, sino una forma de razonar. Un hombre culto que cita mucho es un incivilizado“. Se afana a su vez en la demolición las imágenes edificantes, que le resultan, además, cargantes. Critica esta llamada era de la información: “La información no tiene ningún sentido si no está gobernada por la formación“. Reflexiona sobre su oficio de escritor: Lo que debe evitarse no es la afectación congénita a la escritura, sino la retórica que se añade a la afectación. Ataca el barroquismo, aquel que convierte la literatura en decoración verbal. Deja recaditos para los críticos: La evidencia de que nadie lee los exhaustivos trabajos sobre cualquier clásico de la literatura, perpetrado por los críticos literarios, pasados unos años porque “Los críticos trabajan con conceptos, mientras que los creadores con formas. Los conceptos pasan, las formas permanecen“. Se pregunta sobre nuestro afán por comprar libros, muchos de los cuales nunca leeremos: “El libro es una garantía de inmortalidad y formar una biblioteca es como edificar un panteón en el cual le gustaría tener reservado su nicho“. Reflexiona sobre los comentarios sobre sus libros: “Una buena obra no tiene explicación, una mala obra no tiene excusa y una obra mediocre carece de todo interés. En consecuencia los comentarios sobran“. Y en su labor de demolición, nos brinda esto: “Quizás lo que puede devolvernos el gusto por la lectura sería la destrucción de todo lo escrito y el hecho de partir inocente, alegremente de cero“. Hay espacio para el humor como la anécdota en la que le confunden con Gabriel García Márquez.

Se nos olvida la importancia del alfabeto, algo que si lo pensamos un poco se me antoja casi milagroso.

El hecho material de escribir, tomado en su forma más trivial si se quiere -una receta médica, un recado- es uno de los fenómenos más enigmáticos y preciosos que puedan concebirse. Es el punto de convergencia entre lo invisible y lo visible, entre el mundo de la temporalidad y el de la espacialidad. Al escribir, en realidad, no hacemos otra cosa que dibujar nuestros pensamientos, convertir en formas lo que era solo formulación y saltar, sin la mediación de la voz, de la idea al signo. Pero tan prodigioso como escribir es leer, pues se trata de realizar la operación justamente contraria: temporalizar lo espacial, aspirar hacia el recinto inubicuo de la conciencia y de la memoria aquello que no es otra cosa que una sucesión de grafismos convencionales, de trazos que para un analfabeto carecen de todo sentido, pero que nosotros hemos aprendido a interpretar y a reconvertir en su sustancia primera. Así, toda nuestra cultura está fundada en un ir y venir entre los conceptos y sus representaciones, en un permanente comercio entre mundos aparentemente incompatibles pero que alguien, en un momento dado, logró comunicar, al descubrir un pasaje secreto a través del cual podía pasarse de lo abstracto a lo concreto, gracias a una treintena de figuras.

Ribeyro le da vueltas a la idea de memoria colectiva, que no es memoria, es desmemoria. “El hombre no puede al mismo tiempo enterarse de la historia y hacerla, pues la vida se edifica sobre la destrucción de la memoria”. “Como somos imperfectos, nuestra memoria es imperfecta y sólo nos restituye aquello que no puede destruirnos“.

Da sabios consejos para los cuarentones. “A los cuarenta, llega el momento de la suprema elección, pues se trata de escoger entre la sabiduría o la estupidez“.

Leyendo todo esto, compruebo que los textos seleccionados no hacen justicia a lo bueno que es el libro, así que les invito a leer el libro directamente y olvidarse de todo esto. Pero antes, lean una última cosa. Es posible que cuando Ribeyro escribía sobre el artista de genio, él se considerara como tal, o puede que no. Lo evidente es que Ribeyro con estas prosas apátridas nos invita a mirar y a pensar.

El artista de genio no cambia la realidad, lo que cambia es nuestra mirada. La realidad sigue siendo la misma, pero la vemos a través de su obra, es decir, de un lente distinto. Este lente nos permite acceder a grados de complejidad, de sentido, de sutileza, de esplendor que estaban allí, en la realidad, pero que nosotros no habíamos visto“.

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Memoria del vacío (Marcello Fois)

Como se dice en la Biblia, hay que dar de beber al sediento. En caso de no hacerlo, atente a las consecuencias. Así Stocchino.

Marcello Fois (Nuoro, 1960) indaga en la figura de Stochino, sardo convertido en leyenda, a consecuencia de sus crímenes y su capacidad para huir reiteradas veces de sus captores. La figura de Stocchino como se refiere al final de la novela, podría ser la de un santo (pendenciero); una existencia llena de luces y sombras.

Stocchino, viene a este mundo a pesar de los deseos de su madre Antioca, que no quiere más hijos. Un nacimiento maldito, como le hace saber, cual vaticinio oracular, una parroquiana a Antioca, pues el niño es un lobo con piel de cordero, en cuyo interior mora la bestia. Stocchino falsea su fecha de nacimiento y así se enrola a los 16 años en el ejército italiano, para luchar en la Primera Guerra Mundial, primero en territorio africano y luego en Gorizia, (en la hoy frontera de Italia con Eslovenia) contra el ejército austriaco. Su valentía o temeridad, ese encararse con la muerte a pecho descubierto lo convierten en un héroe local. Eso en teoría, porque los caciques locales se la tienen jurada. Un odio que viene de antiguo, que comenzó cuando yendo Stocchino con su padre, Felice, al regreso de un bautizo, de noche, piden agua en casa de un tonelero, y este les niega la caridad líquida. Esa falta de humanidad, de solidaridad, prenderá el pedernal en su interior, la llama del odio en Stocchino, que desde ese día solo se alimentará de venganza, en su empeño de hacerle pagar esa ofensa al tonelero y a todos lo que son tan despreciables como él. Esas diferencias no se resuelven hablando, palabras inermes ante el odio mutuo, ancestral, propio de un bucle infernal que solo entiende de cuchillos, de sangre derramada.

Cuando Stocchino deja el frente, la guerra, la suya particular sigue. A su alrededor se acumulan las muertes familiares, ora su padre, ora su hermano Gonario, asesinado, ora su madre. La destrucción se ve compensada por el amor que le tributa Mariangela, aquella niña que le salvó de niño, cuando Stocchino se precipita por un barranco y acaba yendo a parar a un arbusto que sobresaliendo de la vertical lo acoge en su seno, como el nido al polluelo.

Fois pergeña una historia muy entretenida, subyugante, palpitante, muy vívida y embravecida, sumida del espíritu de las tragedias griegas, pero ambientada bajo los cielos sardos, y ya sea en los escenarios bélicos donde uno siente silbar las balas alrededor o la bayoneta sajando un cuerpo -en esas guerras que son máquinas de picar carne humana- o bien en las escenas que transcurren a campo abierto o en el interior de una gruta, donde Stocchino es ya poco más que una fiera acosada y hostigada (por cuya cabeza, el mismísimo Mussolini fijaría una recompensa astronómica), son los abismos interiores, los precipicios sin fondo, la insondable soledad, la imposibilidad sempiterna, el vacío que lo va tomando todo, lo que tan bien explicita Fois, dando vida, exhumando la figura del forajido, bandolero, desgraciado, malhadado, matarife y justiciero Stocchino, a quien no le dieron de beber de chico y esa sed -ulteriormente de venganza-, ya no se aplacaría nunca. Un Stocchino siempre en caída libre, ya desde su nacimiento.

Una figura grande, muy grande la de Stocchino (que dicho sea de paso me trae en mientes, salvando las distancias, la figura de El Canícula Bayalino), la que pergeña Fois en esta espléndida novela.

No he tenido en ningún momento la sensación de estar leyendo un libro traducido, lo cual dice mucho de la labor de Francisco Álvarez.

Hoja de Lata. 2014. 270 páginas. Traducción de Francisco Álvarez Gónzález.

Marcello Fois en Devaneos | Estirpe

La sal de la vida

Añana
Estuve este sábado visitando las salinas de Añana, en el Valle Salado, y son espectaculares. Tanto la visita como la cata posterior. Curiosamente ando leyendo Memoria del vacío de Marcello Fois donde se dice esto: “Quien entiende de estas cosas dice que la sal es la prueba de que el mar respira, para aquellos a los que no les baste oírlo jadear en las noches de otoño. La sal tiene un sabor en sí misma, difícil de soportar. Es cristal, joya fugaz y soluble“. Y el único mineral que se come, podemos añadir como colofón.

Eterna Cadencia

Historias encontradas (Eduardo Berti)

En este libro Eduardo Berti (Buenos Aires, 1964) seleccciona algo más de cien textos de escritores en su mayoría ya clásicos como Dostoievski, Camus, Kipling, Svevo, Balzac, Conan Doyle, Dickens, Thomas Mann, Cicerón, Chéjov, y un largo etcétera. No se me antoja una labor fácil seleccionar unos textos y no otros, espigar de novelas, cuentos o ensayos aquellos párrafos, algunos breves y otros más largos -algunos de varias páginas- que resulten autónomos, de tal manera que al leerlos uno no tenga la sensación de que lo leído resulta trunco, sin sustancia, como un pan sin sal.
En algunos sí he tenido esta sensación, no porque no fueran autónomos, sino porque creo que no tenían la chispa necesaria. A su vez he leído por primera vez a escritores que desconocía: Ribeyro, Tanizaki, Di Benedetto, Bergsson… y a otros que conocía pero que nunca había leído y que ahora me apetece leer: Maurois, Gide, Pushkin, Svevo, Theodor Fontane…

El incoveniente que puede tener un libro así puede ser depositar mucha confianza en la selección, de tal manera que si alguno de los textos de algún autor no nos guste esto nos de pie para no leer más cosas del mismo, lo cual creo que sería un error grave.

Eterna Cadencia. 2009. 198 páginas. Selección y prólogo de Eduardo Berti.

Joseph Conrad

Lord Jim (Joseph Conrad)

Decía Rafael Sánchez-Ferlosio respecto de Crimen y castigo que a pesar de los estupendos diálogos con el juez no pasaba de ser un mediocre folletón, no como Lord Jim, que según él era una obra maestra, porque en esta última funcionaba exclusivamente la moral de Lord Jim y sólo él era responsable y agente de su propia redención, mientras que en Crimen y castigo, la redención de Raskólnikov, es algo a todas luces querido y dirigido por Dostoievski. El final de Crimen y castigo no me convenció, no me resultó coherente con lo anterior. Llevaba años queriendo leer Lord Jim. Finalmente hoy lo he concluido.

Dijo Bioy Casares que por las digresiones penetra la vida y Lord Jim es una digresión continua, con una historia central y otras muchas orbitando a su alrededor. Hablar de Lord Jim es hablar de su final, así que quien lea esto sería conveniente que lo haga después de haber leído la novela.

Jim, Lord Jim, muere y su final es consecuente dado que parece que no hay redención posible, o no una redención total, a pesar de que Jim, logra por unos años rehabilitarse, reinsertarse, recuperar la confianza en sí mismo, erigirse como un líder, alguien a quien seguir, alguien confiable, lejos del mundanal ruido, allá a lo lejos, en un lugar recóndito, apartado, rodeado de gentes sencillas, donde su único afán será conseguir el bien común, evitar los derramamientos de sangre inútiles; mejorar en definitiva la vida de cuantos los rodean.

La vida de Jim nos llega velada, a través de fragmentos, que son jirones de la existencia que Marlowe -que oficia de cronista- nos irá refiriendo. Jim, capitán de barco, hace una Schettinada en toda regla y se da el piro ante el inminente hundimiento de la nave. Jim es juzgado, absuelto, sobrevive, y luego es un alma en pena, preso de los remordimientos, siempre cuestionando lo que hizo, y por qué lo hizo. Un acto que luego trata de purgar, como se refiere arriba. Un acto vil que Jim necesita redimir, al margen de la humanidad, la misma que puede salvarle, y librarlo de sus cadenas.

Poderosa y muy entretenida es la narración de Conrad en la descripción de los paisajes (tras esa muralla de bosques bordeada por una cenefa de espuma blanca, tras esa costa, que bajo el sol poniente, parece la misma fortaleza de la noche), sean marinos o de interior. Pero más allá de tantas aventuras y desventuras, de tantos afanes, lo que está en juego es Jim y su conducta, su moral, el enjuiciamiento de sus actos, de ahí que quizás donde la novela se engrandezca es en ese tratar de desentrañar un alma donde anidan sentimientos encontrados (los de un ser trágico, dueño de su destino), lo que impide las etiquetas, las clasificaciones, porque un acto de cobardía no está reñido con un acto de grandeza, la exposición pública con el retraimiento social, y sobre eso es sobre lo que Conrad crea su discurso, en ese terreno ceniciento, lejos del blanco y del negro, en el que alma humana lucha, se debate y a veces naufraga.

Como dice uno de los personajes femeninos de Los monederos falsos de Gide la cual sufrió un naufragio “comprendí que había dejado hundirse una parte de mí con el Borgoña, que en adelante cortaría los dedos y las muñecas a un montón de sentimientos delicados para impedirles meterse y hacer que zozobre mi corazón“.

El hundimiento de Jim no es solo físico, es espiritual.

Pre-Textos. 508 páginas. Año 1998. Traducción: José Manuel Benítez Ariza