
La violencia explícita está presente en los medios de comunicación, en los videojuegos, en las calles, en las aulas. Basta ver un telediario para darse un atracón de muertos, vísceras, coches incendiados, explosiones, cuerpos seccionados en accidentes de tráfico, mujeres defenestradas o con los rostros desfigurados por el ácido, palizas escolares, etc.
El cine palomitero actual, radiografía la convulsa realidad, mostrando al complaciente espectador, una violencia refinada, coreografiada, frívola, donde el «asesino» es un artista, un maestro conceptual que se expresa matando, mientras los espectadores vemos su quehacer diario, con total naturalidad. Series de televisión como CSI han hecho de «la muerte» un espectáculo, avalado por audiencias millonarias. Así, no pueden faltar forenses de relumbrón que acometen su trabajo con fruición, dando gracias a Dios de que haya gente perversa, asesinos que les hacen esmerarse, superarse día a día en su cometido. No basta con matar a alguien, debe pensar el criminal, sino que hay que buscar el método más retorcido e inverosimil. Esa es la naturaleza humana: atroz, sucia, revanchista, insaciable. El Diablo no existía hasta que el hombre lo creó a su imagen y semejanza. Sigue leyendo

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